Incentivar casas y vehículos de alta eficiencia (mejor zanahoria que palo)

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Un amigo mío que vive en Estados Unidos se compró hace cinco años un coche híbrido muy conocido en nuestro país. Me comentó en Semana Santa que, a través del reembolso de impuestos federales para los vehículos híbridos, todo ha sido ganar. Las autoridades han dado un paso adelante para alcanzar sus objetivos de menor consumo de combustible y mi amigo tiene en su garaje y conduce un vehículo supereficiente sin grandes desembolsos y con ayudas vía deducciones.

El enfoque es simple: incentivar la compra de un producto/bien de alto rendimiento.

Pero imagínate si ese incentivo se hubiera estructurado de manera diferente. ¿Qué pasaría si dependiera del comportamiento del usuario, de mi amigo? ¿Qué pasaría si esa subvención dependiera del uso que hace mi amigo del coche? ¿Qué pasaría si está siempre acelerando, consumiendo más de lo debido, haciendo una conducción ineficiente?

Con el riesgo de tal pena, no habría comprado el híbrido y dudo que cualquiera lo hiciera. El riesgo de una penalización basada en el comportamiento habría debilitado la fuerza del incentivo para motivar a los usuarios a comprar híbridos, lo que frena la adopción.

La certeza de la eficiencia del híbrido significa que las administraciones no tienen que imponer tal penalización. La eficiencia en el consumo de combustible del híbrido está cuidadosamente medida y es conocida (sobre todo a raíz del escándalo de emisiones de VW), y cada híbrido que sale de la línea de montaje se comportará esencialmente de manera idéntica al anterior. Independientemente del comportamiento del conductor, más híbridos sobre el asfalto significa mayor ahorro  de combustible de manera agregada.

Sin embargo este  tipo de certeza no existe en los edificios eficientes. A diferencia de los coches, cada edificio personalizado es un prototipo, totalmente único. Incluso para los diseños que se replican una y otra vez, cada edificio variará según la orientación, el sombreamiento, si le da el sol, la altura y la calidad de la construcción. Y francamente, los medios convencionales de predecir la eficiencia energética de los edificios no siempre son comprensibles.

A un político, a una autoridad le gustaría tener todo controlado y exigir una monitorización del edificio para controlar el uso de  la energía una vez ocupado e imponer sanciones cuando no se cumplan requisitos mínimos.

Si bien este enfoque elimina la incertidumbre para los encargados de formular políticas, lo crea para los propietarios y proyectistas. El riesgo de sanción financiera es un desincentivo.

El diseño de una casa con criterios eficientes y sostenibles puede eliminar la incertidumbre tanto para los responsables de las políticas como para los propietarios. Si una casa es de calificación energética A o B (muy  eficientes) o se guían por ciertos sellos internacionalmente reconocidos, podrían incentivarse.

Esta certeza que aporta una buena certificación energética del edificio significa que, al igual que el incentivo al híbrido de mi amigo en Estados Unidos, podemos incentivar mejores edificios a base de “zanahoria” y no de “palo” porque tanto los que definen las políticas como los propietarios y prescriptores sabrían que obtendrán una eficiencia energética superior al completar el proyecto.