Un almacenamiento barato de energía eléctrica es posible mediante baterías de cloruro de níquel y sodio

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Una clase de batería inventada hace medio siglo podría resultar catapultada hacia la vanguardia de las tecnologías de almacenamiento de energía, gracias a una nueva membrana de malla metálica, un componente providencial para superar una limitación grave que hizo arrinconar a tales baterías.

La batería así mejorada, basada en electrodos hechos de cloruro de níquel y sodio, se podría emplear para instalaciones eléctricas de gran envergadura, como las de centrales, haciendo posible disponer de un suministro eléctrico estable a partir de fuentes de energía renovables, como la eólica y la solar, gracias a poder almacenar su producción sobrante para cuando esta cese temporalmente, como por ejemplo de noche o cuando no sople el viento.

El avance es obra del equipo de Donald Sadoway, Huayi Yin y Brice Chung, del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), en Cambridge, Estados Unidos.

Aunque la química básica de la batería con la que ha trabajado este equipo se describió por primera vez en 1968, el concepto jamás fue considerado como un método práctico debido a un inconveniente notable: requería el uso de una membrana delgada para separar sus componentes líquidos (fundidos), y el único material conocido con las propiedades necesarias para ello era una cerámica frágil y quebradiza. Estas membranas delgadas como el papel demostraron ser un grave punto débil, haciendo que muy a menudo las baterías dejasen de funcionar debidamente sometidas a las condiciones de operación del mundo real, así que aparte de en unas pocas aplicaciones especializadas, este sistema de almacenamiento energético nunca ha sido puesto en práctica de manera amplia.

Pero Sadoway y su equipo adoptaron un enfoque distinto, al darse cuenta de que esa membrana podía ser reemplazada por una malla metálica especial, capaz de realizar las mismas funciones que la membrana. Dicha malla cuenta con un recubrimiento especial, un material mucho más fuerte y flexible, capaz de soportar las duras condiciones reinantes durante su uso en sistemas de almacenamiento a escala industrial.

Este avance es decisivo, porque por primera vez en medio siglo, este tipo de batería, cuyas ventajas incluyen estar hecha de materias primas baratas y abundantes, poseer características operativas muy seguras (minimizando así el riesgo de accidentes) y ser capaz de pasar por muchos ciclos de carga-descarga sin degradación, podría finalmente convertirse en algo práctico.

El nuevo tipo de membrana podría llevar a baterías baratas lo bastante grandes como para hacer que las fuentes de energía renovables e intermitentes sean adecuadas para un almacenamiento a escala de red eléctrica. Tales baterías no serían adecuadas, en cambio, para algunos usos domésticos importantes, como los automóviles y los teléfonos. Su punto fuerte es su idoneidad para instalaciones grandes y fijas donde reducir el coste es esencial, mientras que reducir el tamaño y el peso no es prioritario. Un ejemplo de instalaciones de esta clase son las centrales eléctricas.

En esas aplicaciones para centrales eléctricas, una tecnología de baterías baratas podría potencialmente permitir que un porcentaje mucho mayor de fuentes energéticas renovables intermitentes sustituyera a las sucias fuentes tradicionales, dominadas por los combustibles fósiles, las cuales han venido garantizando hasta ahora una mayor estabilidad de suministro eléctrico que las fuentes limpias.